La percepción de la música como profesión.

Es probable que el título de éste ensayo le traiga a la mente a muchos de mis colegas músicos la multitud de veces que han sido cuestionados de una manera no favorable acerca de su carrera. Preguntas (y sugerencias) tales como “¿Por qué no estudia algo que dé plata?” “Siga una profesión de verdad” “¿Qué empleo va a conseguir siendo músico?” “¿Por qué no estudia algo que valga al pena?” y muchas más, están a la orden del día, sobre todo en países subdesarrollados como los nuestros. Todo aquel que se haya dedicado a la música las ha tenido que escuchar por lo menos una vez. No se trata de un problema local puesto que la misma pregunta me la han hecho en otros países (con menos frecuencia y de una manera más educada en unos que en otros) y mis amigos músicos de otras tierras reportan el mismo fenómeno. Si bien es algo que resulta muy molesto e irritante y, por qué no, insultante, pocas veces nos detenemos a intentar averiguar porqué en nuestra sociedad una buena porción de la gente tiene ésta percepción acerca de la música como profesión, y aún mejor, qué podemos hacer para cambiarlo.

Es posible que tenga que ver con la naturaleza misma de la música como un elemento de entretenimiento: a muchas personas les gusta y muchos y muchas toman lecciones para aprender a tocar un instrumento. Es probable que ésto genere una percepción general de “cualquiera puede hacerlo”: al fin y al cabo  ¿cuántas personas toman” lecciones” de arquitectura, ingeniería o de medicina?… ninguna, ya que no se puede diseñar un edificio con dos lecciones de arquitectura y no se puede tratar a un paciente con tres clases de medicina… pero sí se puede amenizar una reunión sabiendo tocar cuatro acordes en una guitarra o un sintetizador, y en la gran mayoría de ocasiones, los asistentes a esas reuniones no saben distinguir entre lo que es música “bien hecha” y la que no lo es. Pero regresaré a éste pensamiento más adelante en el escrito.

La sociedad contemporánea exige resultados materiales: hay que trabajar para comprar una casa, un carro, viajar, etc, etc. Cualquier actividad que no ofrezca resultados tangibles será vista como algo que no tiene utilidad y por lo tanto que carece de valor. La música tiene una virtud que en nuestra sociedad actual puede verse como un defecto: la música es intangible, es incorpórea y su presencia tan solo perdura en las memorias de quienes la escuchan. La labor de un músico no resulta (como lo haría en el caso de un ingeniero o arquitecto) en un puente o un edificio que va a estar allí a la vista de todos y todas por mucho tiempo, sino que desemboca en una interpretación que se extingue en el momento mismo que el sonido del instrumento se apaga. Algunos alegarán que no es así y que para eso existen las grabaciones, pero en mi opinión una grabación es tan solo un recuerdo. Lo más cerca que puede estar la música de ser tangible es el momento mismo de su interpretación. Una grabación es a la música lo que una fotografía de un edificio es a la arquitectura. No quiero decir que sea ésto un defecto. Todo lo contrario, es una de las más altas virtudes que tiene la música, pues a pesar de su naturaleza incorpórea tiene el enorme poder de transformar a las personas, de hacerlas conmover hasta las lágrimas y de elevar su felicidad hasta reír, de hacerlas sentir mejor, de hacerlas recordar, de hacerlas emocionar… ¿qué sería de una película sin música, por ejemplo?

Es aquí donde entro a cuestionar parte de nuestra labor como músicos. Nos dedicamos a estudiar incansablemente nuestros instrumentos pues “hay que tocar mucho” y “ser virtuosos” y “ser mejores que el otro” porque “hay mucha competencia” y hay que “presentar audiciones”. A menudo creamos grupos de cámara y ensayamos el repertorio universal pues “hay que obtener experiencia tocando en grupos pequeños” ya que “es importante”. Si bien mucho de ésto es cierto a pesar que no necesariamente yo esté de acuerdo con ello, es triste ver cómo, llegado el momento de mostrar los resultados de nuestros esfuerzos (es decir, los conciertos), nos enfocamos en llevárselo a los otros músicos, a los colegas, pues esperamos su admiración (y en algunos casos envidia) y pocas veces tenemos en mente al otro público, al que no ha estudiado música o al que no tenido la oportunidad de acceder a algo distinto de aquello que le ofrecen la radio y la televisión. Nuestros conciertos rara vez salen de los auditorios de las escuelas de música y más adelante nos quejamos porque “no hay ‘cultura'” y le echamos la culpa “a las emisoras de radio” y “a la televisión”. Nos olvidamos que necesitamos hacer la música tan “tangible” como sea posible y hacerle ver a la gente que lo que hacemos es muy difícil y requiere de muchos años de entrenamiento para hacerlo bien… ¿de qué otra forma esperamos que aquellos que asisten a reuniones con amenización musical distingan entre la música que está bien hecha y la que no lo está?

Dignificar nuestra profesión y proyectarlo a la sociedad está en nuestras manos. No le corresponde a nadie más. Dejar de pensar solamente en “subir el nivel” y más bien salir con ideas para generar público para nuestros conciertos es parte de ello. De nada sirve tocar los capriccios de pagannini en el instrumento que sea si no tenemos un público que escuche (y aprecie) lo que tocar algo así significa. Me atrevería a decir que hay que ir más allá y gestionar maneras de poner más instrumentos musicales en las manos de más niños y jóvenes, sobre todo de aquellos que viven en la pobreza, pues nada vendría mejor a sus vidas que la música. Bien parafrasea a la madre Teresa de Calcuta el maestro José Antonio Abreu: “Lo más misrable, lo más trágico de la pobreza no es la falta de techo o pan, es el sentirse nadie, el carecer de identificación, el carecer de estima pública”. Como dice Amalia Díaz, amiga mía y violinista, la música te saca del anonimato, tocar un instrumento te hace visible en tu comunidad.

Cuando la sociedad se dé cuenta del poder de la música como agente de transformación humana, y de todo el enorme esfuerzo que hay detrás de convertirse en un músico profesional, entonces la música se volverá, a su manera, tangible. Cuando salgamos a tocar más conciertos para ese público que nos corresponde educar y les dejemos saber cuánto sacrificio hay detrás de lo que hacemos, nuestra profesión adquirirá el respeto que se merece.

Y si nos esforzamos, tal vez llegue el día en que nos dejen de preguntar a los violonchelistas si lo que llevamos allí es un guitarrón.

Alejandro González Beltrán.

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6 comments

  1. Hola Alejandro, estoy interesado en hablar con Ud. Hay alguna manera de contactarnos?

    1. Hola Andrés.
      Le acabo de enviar un e-mail. Un abrazo.

  2. Jhovan Andrés Gutiérrez Valencia · · Reply

    Hola Alejandro.

    Tengo el gusto de compartir estudios en la misma universidad, lo que usted comenta en su texto es muy real, pero también quería saber que piensa de esto.

    Por el momento estudio Ing. Eléctrica, me “apasiona” el violonchelo, lo escribo entre comillas, ya que obviamente, seria una falta de respeto decir que me apasiona el violonchelo y compararlo con lo apasionado que debe estar usted frente a este instrumento, he tomado unas clases de violonchelo, todo muy normal.

    Pero lo que le quisiera preguntar seria lo siguiente; cada vez que tengo algún contacto con alguien que estudia música, y les comunico que me gusta el violonchelo, que me gusta tocarlo, de una forma obviamente poco académica, y sin todas las dificultades que conlleva estudiar la Licenciatura, a estas personas les noto algo de apatía, una indiferencia, no se que es lo que sucede, pareciese que no les gustara que una persona externa a la academia musical, le guste tomar un tiempo para “tocar” un instrumento, quisiera saber su opinión frente a esto, He visto la mayoría de los vídeos de youtube mis sinceras admiraciones, y que gusto que se este formando en EE.UU, ojala no se le olvide la UTP 🙂

    He observado que toca el violonchelo de maravilla, pero también he leído, que en la música nunca se deja de perfeccionar, así que le deseo muchos éxitos en esa larga carrera.

    Se lo desea una persona que estudia Ingeniería, pero que en el fondo le gustaría ser músico profesional y obviamente tocar el violonchelo con usted lo toca.

    1. Estimado Jhovan Andrés,

      Muchas gracias por su comentario y por los buenos deseos.
      Me alegra mucho saber que existen personas como usted que no ven la música como una profesión de menor importancia y dificultad que otras. ¡Realmente dá gusto saberlo!
      No considero que la pasión por algo sea mayor o menor por el hecho de no dedicarse de tiempo completo a esa actividad. ¡Conozco muchas personas, melómanos, que son mucho más apasionadas por la música que los músicos mismos! Adelante con el violonchelo, el fin último de la música es disfrutarla y permitirle que nos haga crecer emocionalmente.
      Con respecto a su pregunta: En general en Colombia es muy común encontrar esa actitud de apatía e indiferencia que usted menciona, no solo en el ambiente musical, sino en la mayoría de las profesiones, frente a alguien que se dedique de manera ocasional a ello. Para nadie es un secreto que progresar en Colombia (en cualquier ámbito, ya sea académico u económico) puede ser muchas veces complicado, y las personas se vuelven celosas de sus propias profesiones. De ésta manera y sin generalizar alguien que haga música “por Hobby” es visto como un intruso o incluso como una amenaza puesto que cabe la posibilidad que esa persona sea mejor que los que se dedican de tiempo completo a estudiar música. En pocas palabras, a ese tipo de personas résteles importancia.

      ¡Adelante con el violonchelo!
      Hasta pronto.

  3. no quiero entrar a opinar sobre sus ensayos.. solo le dejo este link que da respuesta a algunas preguntas planteadas………. http://www.eloidoqueseremos.blogspot.com/

    1. Muchas gracias Daniel. Leí parcialmente la exposición de Eliécer Arenas (bastante extensa por cierto), la cual desconocía. Seguiré leyendo en cuanto el tiempo me lo permita.

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